Giorgio Armani Men's FW 2026–2027
El desfile masculino de Giorgio Armani avanza con la seguridad de quien conoce su fórmula… y el problema es justamente ese.
La primera parte del show abre con pantalones exageradamente grandes, una silueta que remite sin pudor a los excesos de los años 80's y principios de los 90's. No como homenaje, sino como eco repetido de una época que ya fue cuestionada.
Las telas aterciopeladas y tornasol aportan textura visual, pero los accesorios especialmente los bolsos rompen con la elegancia histórica de la casa. Son demasiado casuales, demasiado relajados, y terminan diluyendo la formalidad que alguna vez definió a Armani.
La paleta cromática se mueve en terreno seguro: grises, verdes apagados, crema, negro y azul oscuro. Todo correcto, todo sobrio… y todo peligrosamente familiar.
El desfile se siente clásico, muy clásico, casi calcado de otras colecciones anteriores.
La inclusión de modelos femeninas vistiendo trajes masculinos o caminando en una delgada línea entre géneros podría haber sido un punto de tensión interesante. Sin embargo, la propuesta se queda a medio camino, sin atreverse a romper verdaderamente el molde.
La palabra que mejor define esta primera mitad es "comodidad". Una comodidad extrema, tan pulida y controlada, que roza el tedio.
Armani no incómoda, no provoca, no desafía. Simplemente reitera.
La segunda parte, dominada por tonos oscuros, logra levantar el pulso del desfile. Se respira una elegancia más afilada y una modernidad breve pero efectiva. El trabajo en cuellos y abotonaduras demuestra que todavía hay ideas… aunque se utilicen con cautela excesiva.
Y ese es el punto crítico: la modernidad aparece sólo como destello, nunca como postura.
La colección es fiel, profundamente fiel, a Giorgio Armani. Pero tras la reciente muerte del diseñador, esa fidelidad absoluta se siente menos como homenaje y más como resistencia al cambio. Este desfile pudo ser el inicio de una nueva etapa. Optó, en cambio, por refugiarse en lo conocido.
Conclusión: Armani honra su legado, pero lo hace sin riesgo. Elegante, cómodo, correcto… y demasiado seguro para un momento que pedía valentía.
Por Alfredo Ocaña.























